viernes, 13 de abril de 2018

El Tercer Concilio (LV - XVIII)

La nueva incorporación al equipo de «man no name» era Abisinio Simón Sisa, de 29 años. Un hombre delgado, de hombros caídos, y chepa incipiente, que empezaba también a echar tripa. Calvo desde los 20 y falto de dentición por un nefasto accidente que, para más inri, también le dejó tuerto; era un hacker mediocre tirando a peor. Con todo, era bastante más decente que Gumersindo Peralta Romero, alias GumPeR. Abisinio, alias Abyss, o Sima en la lengua de Cervantes, que por los dos nombres era conocido, no era el mejor, pero sabía venderse bien. Era un tío perseverante tirando a cabezón que si algo no le salía, removía Roma con Santiago hasta que lo conseguía. No se sabe con seguridad la razón por la que el hombre sin nombre lo escogió entre tantos prohombres del mundo hacker. Sentencia pensaba que lo había fichado porque con su facha era poco probable que gastase el tiempo en mujeres. Y de las de mala fama ya se encargaría el jefe en no proporcionarle tanto dinero como para que se entretuviera con ellas en demasía. La tacañería del hombre sin nombre es legendaria. No se le escaparía este como el L0pthR, volando de ciudad en ciudad. Le había dado habitación en el antiguo piso de GumPeR, y le cubría los gastos poco más que para comer. Le había prometido mucho dinero, pero para cuando hubiese terminado su cometido. Algo que lo más seguro terminaría junto con sus días, de puro viejo... o quizá no tanto.

Pero si algo no tenía Abisinio era un pelo de tonto. Volcó todo el contenido de la tarjeta SD misteriosa a un disco duro nuevo y le pasó varios antivirus con la esperanza de que algo de los códigos maestros hiciera saltar las alarmas. Lo que era lógico. El virus distribuido estaba protegido, pero los códigos maestros no tenían por qué estarlo. No tendría sentido. Cuando decenas de software antivirus no detectaron nada, le pareció raro. No obstante, desarrolló un algoritmo con bash que hiciera búsquedas con múltiples objetivos: indicios de firmas criptográficas, posibles códigos fuente, firmas de ejecutables de varios sistemas operativos y distros de GNU/Linux, archivos comprimidos, etc. Esta búsqueda sí arrojó bastantes resultados, pero después de algunos días los descartó todos. No había rastro de archivos fantasma en la SD, tampoco los acrósticos acostumbrados. Abisinio sabía que una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que sea, debe ser la verdad. Así que lo asumió y lo aceptó: la tarjeta SD no tenía los códigos y era quizás un señuelo. No gastó tiempo dudando de sí mismo ni de su resultado. Hizo lo que tenía que hacer. Convocar el tercer concilio. Y el tercer concilio tuvo lugar.

Sauron: Señor, su siervo le aguarda en respetuoso silencio.

(En esta ocasión Abisinio está usando mismo usuario que utilizara L0pthR.)

Morgoth: Aquí estoy hijo mío.

Witch-king of Angmar: Joder, este protocolo no me gusta nada. Ya está, ya lo he dicho.

Morgoth: Calla insensato. Limítate a hablar cuando se te diga Witch-king.

Witch-king of Angmar: Vale... esto... Señor. Su siervo «le aguanta en respetuozo silensio».

Morgoth: Hijo mío, no hagas caso y dime por qué has convocado el concilio.

Sauron: Como ordene. He analizado la memoria y puedo decir sin ningún atisbo de duda que es un señuelo.

Witch-king of Angmar: «Sin nigbun adisbo de duda...» ¿Cómo que es un señuelo? Cabrón de mierda. ¿Sabes lo que costó conseguirla? No has investigado lo suficiente. Tiene que ser la auténtica.

Morgoth: Calla Sentencia y no me jodas.

Witch-king of Angmar: ¿Qué hace jefe? ¿No dijimos que nada de nombres y que ni siquiera los alias?

Morgoth: ¡GRUMPLFX! ¡Mira lo que me has hecho hacer, mentecato! No digas una palabra más. Déjamelo a mi.

Witch-king of Angmar: Sea.

Morgoth: Hijo mío, Sauron. ¿Qué quieres decir con que es un señuelo? ¿Podrías explicarte mejor?

Sauron: Por supuesto, señor. Quiero decir que la memoria que me dieron no contiene códigos maestros ni programas de ningún tipo.

Morgoth: Eso no puede ser. ¿Estás seguro?

Sauron: Totalmente.

Witch-king of Angmar: ¿Sabes lo que estás diciendo, niñato? Dos hombres han muerto para que tengamos esa puta memoria en nuestro poder.

Sauron: Eso no es cosa mía.

Witch-king of Angmar: ¿Vé jefe? Que no es cosa suya... ¡Será gilipollas el tío...!

Morgoth: Silencio inútil. Deja que se explique. A ver, hijo, entonces si lo que dices es verdad, ¿donde crees que están esos códigos?

Sauron: Con todo el respeto, señor. No lo sé. Si me permite especular, creo que existen dos posibilidades: o bien hubo un cambiazo o bien la tarjeta fue siempre un señuelo y los códigos están a salvo en poder de su autor.

Morgoth: Lo del cambiazo me da que pensar. Lo otro es imposible. El autor está muerto.

Sauron: Como le decía, era pura especulación.

Morgoth: Muy bien, hijo mío. Has cumplido con tu cometido, aunque haya tenido este resultado. Witch-king, en cuanto a ti, quiero que investigues si el tipo ese al que, ejem, «visitaste» pudo darte el cambiazo. Y si es así, averigua dónde está la original. No cabe otra posibilidad.

Witch-king of Angmar: Pues, mire usted por donde, va a ser difícil.

Morgoth: No me hagas de decir lo que no quiero. ¡Desgraciado! ¿Cómo que va a ser difícil?

Witch-king of Angmar: Pues que el hombre aquel no se recuperó de sus heridas. Murió hace días. Ale ¡Listo!

Morgoth: ¿Listo? ¿A mi con esas? ¡GRRRRRRUFLMRRGGGGRRRFLX! ¡Yo lo mato y lo hago en escabeche! ¡Rufián asqueroso! ¡Pues tendrás que salir ahí fuera a investigar! ¡Y NO VUELVAS HASTA QUE TENGAS ALGO! ¡¡¡¡MANDRIL REPULSIVO!!!! ¡¡¡¡SAL FUERA DE MI VISTA!!!

Witch-king of Angmar: ¡Eh! ¡A mi no me endilgue ese mote! ¿Pues no dijo usted que el mandril repulsivo era el Sauron? ... Uh, oh. Bueno vale. Ale, me voy yendo.

Morgoth: ¡¡¡No sé cómo no tendré la sangre negraaaa!!!

Sauron: Señor..., ¿qué quiere que haga ahora?

Morgoth: ... ... ... ... ...

Sauron: ¿Señor?

Morgoth: ¡AHHHHHH! *sic* Sí hijo mío. Pues anda y familiarízate con el virus, husmea en su código y luego mira si hay forma de hackearlo de alguna manera para poder hacer cambios nosotros, aunque no tengamos los códigos.

Sauron: Cómo ordene. Señor.

lunes, 26 de marzo de 2018

El ZULO (LV - XVII)

Dos personas, un hombre menudo y una mujer despampanante —ambos ya conocidos por el lector—, hablaban en la nueva sede, con nombre en clave El ZULO, del grupo KA de reciente creación a cuya cabeza estaba Daniel Trujillo, alias Dany Trejo. Estaban sentados delante de una pantalla de ordenador.

—Lo que venía haciendo hasta ahora para ganarse la vida es una total y absoluta chapuza... ¡Una mierda! Comparado con esto, sus anteriores fechorías podrían considerarse incluso infantiles. Es verdaderamente genial. Increíble. Incluso puedo decir que le admiro.
—Creemos que no lo ha hecho él, sino un joven hacker que se hace llamar L0pthR.
—Ah. Ya decía yo que esto no parecía propio de él. Sabe cosillas, pero no llega a la maestría de estas líneas de código. Debí suponerlo. ¿Habéis pensado en contactar con ese L0pthR? Apuesto a que le han dado cuatro duros a cambio de esta maravilla.
—Es imposible.
—¿Qué pasa? ¿Lo tiene asimilado como al tal GumPeR?
—Que va. Está muerto.
—¿Disputas con el jefe?
—No lo sé. Fue asesinado en Latinoamérica. Creemos que intentó huir y que le mataron por ello.
—No me digas más. Si no me equivoco el asesino despreciable ese... ha estado muy ocupado.
—Pareces saber más que yo de esa gente.
—Bueno, digamos que esta no es la primera vez que me las he visto con esos dos. —Luego añadió casi susurrando —La última vez que los tuve cara a cara, pensé que iba a ser la última. Fijo que se camelaron a los coreanos—. Entonces se dio cuenta de que Svetlana lo miraba sin comprender. —Perdona, a veces hablo solo. Es una manía que tengo.
—Entiendo— replicó con una mueca.
—Una pregunta.
—Claro. Dime.
—En todo momento has usado la primera persona del plural: «creemos». ¿Quién más, aparte de Dany, hay metido en esto?
—Pues— vaciló Sveta, —ahora mismo nadie más. Había otro. David, un compañero de operaciones. Todavía no me he hecho a la idea de que ya no está. Murió la semana pasada. Está muerto y enterrado. Una víctima más de este caso— Sveta se mantuvo fría, pero no pudo contener las lágrimas y un suspiro hizo temblar sus hombros.
—Lo siento. No debí preguntar— Rhyst volvió su rostro a la pantalla y dejó que la chica se recuperara. —Te prometo que les pararemos los pies a esos dos y que David no habrá muerto en vano.

Por encima de las cabezas de Rhyst y Svetlana, un desconocido silencioso escuchaba la conversación con una sonrisa en los labios.

sábado, 17 de marzo de 2018

GumPeR se sobrePONE (LV - XVI)

Estaba por terminar lo que estaba siendo una semana calamitosa. Desde que le trasladaran a un hospital de la seguridad social, GumPeR había mejorado su salud considerablemente. Tras pasar un día en la UCI y algunos más en planta, pidió el alta voluntaria y volvió a la que había sido su casa. Un estudio muy bien situado. Allí descubrió que le habían desahuciado y que otro inquilino ocupaba ya su lugar. Pidió que le dejaran al menos recuperar sus cosas. Pero le despidieron informándole de que todo el contenido del piso era propiedad del dueño, lo cual era verdad. GumPeR, es decir, Gumersindo Peralta Romero, no tenía nada de su propiedad. Ni siquiera la ropa que llevaba, ni el pijama que había usado durante su enfermedad, eran suyos. Había sido rescatado del arroyo por su jefe, y al arroyo le devolvían ahora. Superado por una situación tan lamentable, Gumersindo se dejó caer al suelo y sollozó amargamente largo rato hasta que, confundiéndole con un pedigüeño, los viandantes empezaron a dejarle monedas. Avergonzado, se acordó de que aún tenía algo de dinero. Al menos podría pasar la noche bajo techo. Recogió la calderilla del suelo y se fue a un hotel, donde pidió habitación. Pagó por adelantado y retirándose, se preparó el baño. Después del baño decidió que estaba terriblemente cansado. Colgó la señal de no molestar y se metió en la cama, donde tuvo un sueño agitado.

Despertó en mitad de la noche totalmente sereno y consciente. En ese momento resolvió que se quitaría la vida allí mismo, mientras todavía aparentara ser alguien decente. Llamó a recepción y pidió un cabo de cuerda de tres metros. Por el telefonillo le dijeron que no prestaban ese tipo de servicio. Un poco enfurruñado, pero aún decidido, bajó con la intención de tener unas palabras con el recepcionista. Se topó con que el hombre mayor y bajito que le había atendido a su llegada había sido sustituido por uno joven y fornido que le encaró con firmeza. Entonces no le quedó otra que salir a buscar la cuerda él mismo. La halló muy cerca, en un Seven Eleven a la vuelta de la esquina. Gastó el poco dinero que le quedaba en ella y en un retal de tela que pensaba usar para vendarse los ojos en el momento crucial. Pidió que le dieran una bolsa mediante la cual pudiera ocultar lo que llevaba. Más le fue negada por no se qué normativa que había entrado en vigor recientemente. Así que no le quedó otra alternativa que llevarlo bien visible. De todas formas era noche cerrada. De esta guisa volvió al hotel y se encerró en su habitación.

Descolgó la lámpara y pasó la cuerda por el gancho que la sostenía. Se quedó solo con la luz de las mesitas de noche. Con esa escasa iluminación confeccionó el nudo corredizo que había de acabar con su vida. Cuando hubo acabado estudió la habitación. Cerca de la vertical de la lámpara había una mesa ideal para sus propósitos. Acercó una silla y se subió a la mesa. Calculó que dejando un poco más de cuerda si se tiraba con fuerza, quizá lograría romperse el cuello y así evitarse sufrimientos innecesarios. Volvió a mirar el nudo. No era gran cosa, pero cumpliría su labor. Lo comprobó todo y se acordó de que tenía que atar el otro extremo de la soga a algún punto que aguantara bien su peso. Miró y remiró, y tuvo la suerte de encontrarse en uno de esos escasos hoteles en que no hay aire acondicionado sino que un modesto radiador se encargaba de calentar la habitación. Aquel radiador le venía que ni pintado. Se daba cuenta de que fijar la cuerda adecuadamente era vital para su empresa. Y dicho y hecho. La cuerda quedó tan firmemente unida a la tubería que dudaba si podría desatarla de ahí, de querer hacerlo. Así todo dispuesto a su gusto, volvió a subirse a la mesa y se puso la soga en el cuello. Fue a vendarse los ojos cuando se acordó de algo. «¡Qué tonto!» Claro, se acordó que tendría que atarse las manos con algo no fuera que en el último momento cambiara de opinión y lo echara todo a perder. Como no sobrara nada de la cuerda y no viera nada más a su gusto, ni corto ni perezoso, arrancó el cordón de la cortina. Comprobado su grosor y su fortaleza, estaba listo para pasar a mejor vida. Antes de que tuviera tiempo de pensar más en ello, se encaramó a la mesa y se colocó la venda. A tientas buscó la soga y el nudo y se colocó el lazo con el nudo a un lado, como en las películas del oeste. Entonces repasó su plan y como no encontró defecto alguno en él, como pudo se ató a sí mismo las manos a la espalda con el cordón de la cortina. Ya preparado para lo que iba a hacer, se alegró de morir de esa forma. Al menos se le pondría dura una última vez.

Era de madrugada, de noche por todo el mundo cuando en todo el hotel una ominosa voz alteró la tranquilidad de la noche: «¡JEEEROOONIIIIMOOOO-». La voz se interrumpió de golpe como si algo la hubiera extinguido a la fuerza. A ella siguió casi al instante una algarabía de sonidos de diferente índole. Inmediatamente después se registraba una bajada de presión considerable en el sistema de calefacción central y pronto la centralita de recepción se tornó en un inconsistente árbol de navidad. La mayoría se quejaba del ruido. Algunos reportaban que había agua en el pasillo. Un cliente subrayó la presencia de sangre y dientes. Ante tal despropósito, el recepcionista pidió una ambulancia y llamó a la policía. Y como los de la ambulancia se negaban a entrar, fue la pareja de la Guardia Civil la que se topó con la terrorífica escena.

jueves, 1 de marzo de 2018

El favor (LV - XV)

Daniel Trujillo, alias Dany Trejo, se hallaba sentado, de espaldas a la puerta, en el despacho de su jefe sin saber aún qué iba a decirle. Estaba claro que necesitaba su apoyo para lo que pensaba hacer. Pero no quería meter al director del departamento en el ajo. Cuando Vicente Restrepo, alias El Súper, llegó y vio la figura encorvada de su subordinado más veterano, supo que algo serio ocurría. Cerró la puerta de golpe, para hacer notar su presencia, y se sentó a la mesa frente a Dany. Este dio un respingo y se volvió hacia su superior inmediato.

—Tú dirás— le soltó Vicente. Llevaban los dos muchos años trabajando juntos como para andarse con rodeos.
—Vicente, tenemos un problema muy gordo y necesito tu ayuda.
—Ya veo. ¿De qué se trata?
—Ese es el problema. No sé si debo contártelo. Llevo dos días pensando qué decirte. Incluso había inventado una trola. Pero no puedo.
—¿Pero qué es lo que necesitas?
—No quiero dejarte en la inopia. ¿Es seguro este despacho?
—Razonablemente. Esta misma mañana han hecho un registro en busca de micrófonos y cámaras.
—Toda precaución es poca. Activa el chisme ese.
—Hecho— Restrepo puso en marcha el inhibidor de frecuencias y el generador de ruido blanco.
—Se trata del bosnio, Vicente.
—¿Qué pasa con ese?— El Súper palideció ante la sola mención de ese nombre.
—¿Que qué pasa? Que ha vuelto.
—¿Es seguro?
—Tan seguro como que estamos aquí tú y yo hablando.

Vicente Restrepo se levantó y se fue hacia su derecha. Tocó un diminuto botón y un panel de la pared se deslizó dejando al descubierto un servicio de bebidas alcohólicas. Sus manos temblaban aún cuando destapó la botella del whisky haciendo tintinear el cristal. Se sirvió un poco con hielo y lo apuró al momento.

—¿Todavía le das al Legendario con soda?— inquirió mirando a Trujillo. Pero no esperó a que este contestara. Regresó a la mesa sin preocuparse por que el panel siguiera abierto y le sirvió una generosa cantidad de ron. Luego se sirvió a sí mismo otro whisky, ahora doble. Tomó un sorbo y entonces se desahogó. —¡Hijo de la gran puta!— soltó. —Y yo que pensaba que nos habíamos librado para siempre de ese gusano asqueroso.
—Esta vez es peor, Vicente— Dany probó su bebida e hizo un gesto de aprobación con la cabeza. —Dentro de poco estará en condiciones de causar problemas graves en toda Europa. Tenemos que pararle los pies cuanto antes.
—Le creo capaz de todo. ¿Cómo piensas hacerlo?— Vicente se humedeció los labios en el whisky con la mirada ausente.
—He pensado en crear un Grupo DOA, Ala 25—. Los Grupos DOA, Ala 25, o Grupos KA para abreviar, se crean para encargarse de realizar aquellas actividades que requieran medios, procedimientos o técnicas especiales; acciones encubiertas, seguimientos, infiltraciones, acciones no convencionales, penetración de domicilios o embajadas para colocar micrófonos, etc.
—Buff, eso no será barato— repuso Vicente dejando su baso a un lado, —y no creo que el director nos autorice fácilmente.
—Ahí llegamos al punto clave— Dany se inclinó en la silla dejando su baso sobre la mesa. —El director no debe saber ni una palabra de esto. De ello depende el éxito del proyecto. Ni el director ni nadie de arriba debe enterarse.
—¿Piensas que podría volver a ocurrir lo de Ana María Porter?
—Precisamente. ¿Recuerdas que su teléfono no apareció tras el accidente? Y sin embargo alguien accedió desde él a los datos de la Operación Bola de Cristal minutos después de que ella hubiera fallecido. Y allí estaba todo. Nuestro equipo externo, lo que sabíamos entonces... todo.
—El muy cabrón siempre ha tenido recursos.
—Y es muy bueno con el arte del disfraz. Varias veces nos dio esquinazo caracterizado como anciano, o con otros personajes.
—Sí. Estoy de acuerdo contigo en que se necesita un grupo dedicado y que cuanta menos gente sepa de su cometido, tanto mejor— tomó el baso de whisky en sus manos y haciendo girar el líquido. Entonces preguntó: —¿Algo más?
—Eh... Ah sí. Se me olvidaba. Quiero que transfieras temporalmente a estas personas al grupo, es decir, cuando se haya creado. Son los que destaparon el pastel. Desde entonces han estado trabajando en esto ellos solos. Son una mujer y un hombre, de operaciones. Bueno, el hombre está en estos momentos ingresado en el hospital.
—¿Su condición tiene algo que ver con el caso?— dio otro sorbo al whisky.
—Totalmente— la cara de Dany se tornó sombría.
—¿Y cómo es que sigue con vida?
—Creo que no quisieron matarle en ningún momento. No se explica de ninguna otra forma.
—Por eso digo. El asesino ese tiene fama de no dejar ningún testigo con vida.
—Necesito que liberen a la chica de sus obligaciones inmediatamente. ¿Será mucho problema?
—Dalo por hecho. ¿Alguna cosa más?
—Nada.
—¿Quién será el director del grupo?
—Yo. ¿Algún problema?
—Ninguno— Vicente Restrepo, alias El Súper, terminó su whisky doble de un trago y se retrepó en su sillón.
—Entonces lo dejo en tus manos, Vicente. Que tengo que ir buscando local, conque te dejo con tus cosas— apuró el ron y se fue hacia la puerta mientras el otro lo seguía con la mirada. Se detuvo justo antes de salir y se volvió. —Gracias por el ron— dijo sonriendo. Y se fue.


miércoles, 28 de febrero de 2018

Encuentro (LV - XIV)

La terraza del aspa oeste del Triágono, o sede del CNI, no era el lugar más idóneo para hablar. Llena de antenas parabólicas y expuesta al aire gélido de finales de febrero, de un año particularmente frío, no era lo que se dice acogedora. Daniel Trujillo, alias Dany Trejo, tenía un cabreo del quince. Había recibido una nota de su compañero del departamento de delitos informáticos Alfredo Pi, alias el Piojo, pidiéndole que se reuniera allí con él a las 11. De eso hacía media hora. Se arrebujó en su chaqueta, helado, a pesar de que se había refugiado al socaire de una de las torres de acceso. «Me cagüen el Piojo, lo que tarda» pensó.

Un poco más tarde oyó pasos de alguien que se acercaba. Pero no era el Piojo, sino una mujer muy bien vestida. A los ojos de Dany, aquella mujer no tenía pinta de ser parte del personal de mantenimiento que frecuentaba algunos días la terraza. Pero no tuvo tiempo para nada más, porque la chica se detuvo a algunos pasos de donde él estaba.

—¿Señor Daniel Trujillo?— Sveta le había reconocido, pero le pareció una manera como otra cualquiera de empezar una conversación. Sacó su placa.
—Disculpe esta mascarada. Soy Svetlana Vorobiovna Zhuk, de operaciones. Quería hablar con usted.
—¿La nota? ¿Fue usted?— Preguntó Dany aún más cabreado. Y ante el gesto afirmativo de la chica, le soltó —Si quería hablar conmigo, se me ocurren cientos de lugares más cómodos que este lugar infecto y desolado.
—Le aseguro que hay una buena razón para ello. Pero no hablemos aquí. Vayamos al centro del aspa.
—No me gusta ese sitio, está atestado con los enormes aparatos del aire acondicionado. ¿Qué tiene de malo este lado?— Dany notó por primera vez que Svetlana se mantenía cuidadosamente cerca del centro longitudinal de la terraza, lejos de ambas fachadas. —¿Tiene miedo a las alturas?
—No es eso. La razón por la que le he citado aquí es por que no quiero que nos vean juntos.
—Qué rarita es usted— repuso Dany. Pero hizo lo que Sveta quería. Caminaron hacia el centro del aspa del Triágono, cuyos muros se elevaban casi como si de otro piso se tratara, aunque este no tenía ventanas y únicamente servía para ocultar las máquinas del aire acondicionado. Allí daban acceso a cada una de las terrazas de las tres aspas, sendos arcos de forma cuadrada. Una vez hubieron cruzado el que daba al oeste, cubiertos de las miradas ajenas por los altos muros, se situaron en un pequeño claro soleado.
—Lo que tengo que contarle— dijo Sveta —es de la mayor importancia, así que no me interrumpa. Se lo ruego.

Y en aquel lugar tan poco propicio, le contó todo desde el principio. Desde el día en que David le refirió su extraña historia durante la pausa del café, pasando por todo lo que sabía sobre el malware, hasta las últimas consecuencias en la persona de David, incluido el hecho de la reciente desaparición de la llama verde en las pantallas de los ordenadores afectados, a pesar de que el malware seguía allí. Ella lo sabía. Dany Trejo mantenía silencio aunque algo en sus ojos, un brillo especial, le decía a Sveta que él sabía algo. Y porque, de cuando en cuando, se tornaba como ausente y miraba a su izquierda como tratando de recordar algo.

Cuando Svetlana hubo terminado su relato, sintió un gran alivio, el de quien ha compartido sus preocupaciones con otro ser humano. Sentía ganas de soltarlo todo a los cuatro vientos. Estaba harta de ser una de esas pocas personas que estaban al tanto del asunto. En el fondo se sentía como un niño indefenso conocedor de un terrible secreto y sabedor del peligro que entrañaba. Ahora por lo menos lo sabía alguien más. La decisión de mantenerlo en secreto ya no era sólo suya. Era probable que Trujillo se lo contara a su superior y entonces una entidad más alta tomaría cartas en el asunto.

Pero Dany tenía otros planes.
—No hable de esto a nadie más— concluyó.
—Pero, este caso es de suma importancia. ¿No cree que debemos informar de ello a nuestros respectivos superiores?
—Eso sería lo peor que podríamos hacer. De momento confíe en mi. No tenemos tiempo. La hora del café hace ya rato que terminó y no nos conviene que noten nuestra ausencia. Hágame caso. Volvamos cada uno por donde vinimos. Haga como si esta conversación no hubiese tenido lugar.
—Pero...— trató de reconvenirle Sveta.
—Contactaré con usted muy pronto.

Y así se separaron los dos.